Ciencia y Tecnología

 "Recurrir al pasado con la mirada del futuro..."




“La ciencia es universal, no tiene patria, pero los científicos si la tienen”.  Bernardo Houssay. 

La ciencia en tiempos de la Revolución de Mayo

   Definida por Mariano Moreno como una «feliz revolución de las ideas», la Revolución de Mayo aceleró el intento de trasplantar a nuestro medio el cultivo de las ciencias exactas y naturales, así como también la tecnología.

   Animados por los últimos coletazos del Iluminismo, Manuel Belgrano, el Deán Gregorio Funes, Bernardino Rivadavia y el Pro. Antonio Sáenz, entre otros, fueron infatigables promotores de instituciones científicas. Hoy, doscientos años más tarde, podemos mensurar la brecha que separaba a nuestras instituciones científicas criollas de sus pares europeas pero no hay duda que todo lo que actualmente constituye el complejo de ciencia y tecnología nacional comenzó entonces, con los sueños de un grupo de revolucionarios dispuestos a cambiar la historia.
Reproducción de edicto de la Universidad de Buenos Aires
   Retrocedamos 200 años de historia, y dimensionemos como la ciencia ha ido gestándose en la Argentina desde 1810, un año sumamente trascendente para las masas patrióticas argentinas; culminante de un período lleno de altibajos políticos-sociales, fue el génesis de otro donde se inicia un prolongado recorrido en el cual la ciencia y la tecnología estuvieron involucradas, y llegaron cojeando hasta el presente, sufriendo a lo largo de su historia por diferentes causas, entre ellas políticas, económicas, culturales, y otras; que hicieron que su desarrollo fuera fluctuante y su futuro incierto. Como dicen las estrofas de nuestro himno nacional “sean eternos los laureles que supimos conseguir”, me hacen decir a modo de pregunta ¿y qué laureles supimos conseguir en estos dos siglos de transcurrir científico? Hemos construido la historia científica más sobresaliente en la Iberoamérica del siglo XX, pero esta edificación que hicimos entre argentinos, ha sufrido embates, haciendo que el país no produzca conocimientos científicos como se esperaba; pero creo firmemente que lo que depare el porvenir a la ciencia, no le quitará nada de lo que ya ha conseguido alcanzar. 


Ciencia en épocas de Revolución
En los años cercanos a la Revolución de Mayo la ciencia dio sus primeros brotes y surgió un decidido apoyo y protección hacia la misma, con la creación de instituciones como la escuela de medicina del Protomedicato del Río de la Plata, la academia de Matemáticas del Instituto militar, y la creación del Museo público por Bernardino Rivadavia, que fueron una de las escasas instituciones más importantes en hacer por primera vez ciencia “made in Argentina”. 
Algo distintivo de ese período fue que prestigiosos científicos del extranjero vieron a nuestro país como la Tierra Prometida, para llevar a cabo sus investigaciones. Los resultados de estas se divulgaban en publicaciones y se constituyó así una cultura científica a escala reducida. Esta llegada de eruditos fue posible gracias a una gestión del entonces presidente Bernardino Rivadavia. Abordado el centenario desde la revolución ya nuestro país podía jactarse de poseer grandes instituciones científicas como el Observatorio de Córdoba que lo hizo posible el gobierno de Sarmiento, y el Instituto Bacteriológico Malbrán que era comparable al Instituto Smithsoniano de Washington y al Instituto Pasteur de París, en materia de producción de conocimiento teórico-práctico. Gran parte de la ciencia pura era alemana. La astronomía estaba siendo tratada por estadounidenses y la medicina estaba en manos de franceses, por ello en este último campo no tardamos en conseguir el reconocimiento a la ciencia argentina por medio del galardón más importante que existe, el Premio Nobel, que fue de medicina, otorgado a Bernardo Houssay, siendo este el primer argentino y latinoamericano premiado en ciencias en alcanzarlo. Esto que mencioné nos da la pauta de que no era tan malo el estado de la ciencia argentina como se creía, pero no era comparable en logros científicos con otros países del primer mundo como Estados Unidos o los países Europeos. Otro caso es el de Federico Leloir quien obtuvo también un Nobel pero en ciencias químicas, este hizo su perfeccionamiento en Cambridge y fue reconocido en el país y en el exterior, por sus labores. De la misma manera se me viene a la mente el inolvidable Cesar Milstein que asimismo fue laureado con un Nobel de medicina en 1984, sin embargo fue obtenido por un trabajo efectuado en su totalidad en Cambridge, y no en la Argentina. Llegado el bicentenario, me produjo internamente dos sentimientos en relación a la ciencia nacional, uno de regocijo porque hemos conseguido en estos doscientos años ser reconocidos en el mundo entero, por los conocimientos que hemos producido principalmente en ciencias puras y el lugar que hemos ocupado dentro de América Latina. 

La ciencia del país ha tenido más obstáculos que facilidades para generar ese conocimiento y lograr como consecuencia un desarrollo tecnológico notable. Nuestro país tuvo períodos de gloria y esplendor, donde muchos científicos lucharon a modo de una batalla épica para que la ciencia argentina alcanzara renombre mundial, y actualmente siguen a todo pulmón impulsando el desarrollo científico-tecnológico, ansiando buscar en un futuro tal vez un próximo premio Nobel y producir conocimientos de mayor relevancia internacional. La ciencia argentina enfrentó las vicisitudes y las asperezas de la economía y de la política, pero fue capaz, pese a todo, de producir obras perdurables y remunerativas al saber y a la tecnología. 
El primer propósito de la ciencia es la generación de conocimientos, para lograr ciertos avances en el campo tecnológico y creo que esto se hace posible fundamentalmente cuando se incentiva económicamente a los investigadores, otorgando subsidios para las investigaciones que siguen las líneas solicitadas políticamente. Si bien hemos tenido tres premios Nobel en ciencias, el problema está en que dos de estos (Houssay y Leloir) de un modo u otro tuvieron que dejar la Argentina para perfeccionarse y luego regresar al país para continuar con sus investigaciones, lo cual me lleva a decir con cierta resignación que aquí no se generaban los conocimientos necesarios o no teníamos los artilugios teóricos-prácticos bien actualizados, para proseguir en el desarrollo de las investigaciones. Así por ejemplo Milstein se fue del país de por vida, a causa de la política militar del ´62, y descubrió los anticuerpos monoclonales en Cambridge, hallazgo que lo hizo merecedor del Nobel de medicina. 
 Lo que ha contribuido a que nuestro país en épocas pasadas haya estado en un plano secundario para originar y difundir los conocimientos científicos y lograr el desarrollo tecnológico, fue la falta de “amplitud de ideas” por parte del Estado para llevar a cabo una política científica, en el cual éste influyó ininterrumpida mente en el desenvolvimiento de las actividades científico-tecnológicas argentinas; como así también las crisis económicas, sociales, y políticas que conspiran en contra del progreso del conocimiento. Por tales razones los países desarrollados, vieron a la ciencia Argentina como una mendiga quejosa que lamenta sus infortunios derivados de la “mala suerte” por no haberle dado importancia a las señales de advertencia que le proveía el destino y atrajeron a las grandes mentes del país con futuros prometedores, ofreciéndoles libertad para desempeñar sus investigaciones, produciéndose el fenómeno conocido como “fuga de cerebros”, donde científicos y tecnólogos se van de la Argentina para continuar con sus investigaciones en países generalmente desarrollados, lo que constituye un fenomenal detrimento para la ciencia local, ya que perdemos la inversión que significó formar esa capacidad y la posibilidad de contar con los aportes de éstas personas para contribuir al desarrollo nacional. 
Muchos opinan que “hacer” ciencia en Argentina, es una mera utopía, sin embargo creo que es una total equivocación afirmar esto, ya que disponemos de recursos humanos altamente calificados en ciertas áreas de las ciencias puras con una idónea formación, capaces de generar conocimientos y trascender los límites creíbles de las especulaciones sociales. 


Física y Matemática en el Virreinato del Río de la Plata

  Aún cuando el Cabildo Eclesiástico, respondiendo una consulta de Vértiz sobre “los medios de establecer escuelas y estudios generales para la juventud”, aconsejaba que “los profesores podrán apartarse de Aristóteles y enseñar según Cartesio o Newton” la enseñanza de la física y matemática se mantuvo en niveles elementales. Si bien las ideas de Galileo entraban a los claustros, todavía seguían en el marco de la filosofía escolástica, lejos de las formulaciones matemáticas y las prácticas experimentales que fueron elementos centrales de la revolución científica. Siguiendo lo que sucedía en la metrópoli, donde los conocimientos más avanzados en matemática y física se impartían en instituciones orientadas a formar marinos y artilleros, Manuel Belgrano creó la Escuela de Náutica en 1806, que no sólo formaría marinos sino a jóvenes preparados en el manejo matemático que a decir de Belgrano “apenas hay un objeto, sea natural, sea político, sea económico que no reciba de esta ciencia (… ) utilidades y provecho”. En el discurso inaugural, Belgrano deja en claro que el aspecto marítimo era uno más entre las aplicaciones de la matemática: “Máquinas para sembrar, para regar, para cosechar las semillas que alimentan, para desmenuzarlas y dulcificarlas; máquinas para esquilar los vellones, limpiarlos, hilarlos, darles consistencia, colorido brillante y variado, textura fina y delicada; máquinas para cerrar los montes, pulir las maderas, para levantarlas, para bajarlas, para conducirlas. En una palabra: la obra más preciosa que salió de la mano del Eterno. Come, viste, vive, se regala a beneficio de la matemática...” Los avatares políticos le dieron corta vida a La Academia de Náutica, pero con otros nombres, instituciones similares de corta vida volvieron a aparecer hasta encontrar un lugar en la Universidad de Buenos Aires, fundada en 1821.
 Belgrano desde el Consulado había promovido la ciencia como fundamento del comercio, la agricultura, la industria y del conocimiento del territorio. Es una forma de entender la ciencia como motor de las actividades productivas, y ese era el modo característico de la época de la Ilustración


La química en el Río de la Plata

Antes de la creación de la Universidad de Buenos Aires en 1821, los estudios de química se incluían dentro de los de medicina. Los primeros cursos de esta disciplina fueron dictados en 1801 en la Escuela Superior de Medicina, que tenía funciones docentes en el Protomedicato, creado a fines del siglo XVIII para vigilar el ejercicio del arte de curar. Además de las materias médicas se incluían “la química pneumática, filosofía, botánica, farmacia”. Se utilizaba un texto de Lavoisier –posiblemente el “Tratado elemental de química” cuya traducción se publicó en Madrid en 1798 y era empleado en España para los estudios químicos que realizaban los médicos y farmacéuticos-, pero no se contaba con un laboratorio de química para la enseñanza. El responsable de esos cursos fue Cosme Mariano Argerich (1758- 1820), quien cursó estudios médicos en España y regresó a Buenos Aires en 1784. Se desempeñó como médico del Colegio de Huérfanos, fue Primer Examinador del Protomedicato y tuvo una activa participación en la lucha contra la viruela. En 1802 asumió como catedrático sustituto en la Escuela Superior de Medicina; la Asamblea de 1813 transformó al organismo en el Instituto Médico Militar y lo nombró su Director. Se desempeñó como médico del Ejército del Norte y proporcionó al General San Martín médicos y material sanitario para las campañas libertadoras. En los comienzos de la química en Buenos Aires, sin duda los farmacéuticos tuvieron una incidencia primordial con sus actividades para la preparación de medicamentos, el estudio de plantas con posibles aplicaciones medicinales y, más tarde, la promoción de la enseñanza y de la investigación. Pero en los documentos de la época se observa además el especial interés en otras aplicaciones de la química, como la agricultura, los abonos, las curtiembres, los colorantes, tintes y mordientes, la vitrificación y la mineralogía, por considerarse “objetos los más interesantes para la prosperidad del comercio de estas provincias”. El gran interés en la química aplicada se puso también de manifiesto en el segundo periódico colonial, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio dirigido por Hipólito Vieytes (1762- 1815), aparecido entre 1802 y 1807 en el marco de las ideas del pensamiento reformista ilustrado en el Río de la Plata, que otorgaban un lugar central al agro en la generación de riquezas. El periódico proponía su lectura dominical a los labradores por parte del cura rural. Allí Vieytes se planteaba tratar, entre otros temas, “de los elementos de química más acomodados a los descubrimientos útiles, a la economía del campo y a la mejor expedición de los oficios y las artes”. Esto se concretó mediante la inclusión, a partir de 1804, del cursillo “Elementos de química”, que constituyó una exposición bastante completa de una química general elemental. En las publicaciones citaba a los principales químicos europeos de la época, como Berthollet, Lavoisier, Fourcroy y Vauquelin, y sus fuentes eran posiblemente los múltiples periódicos a los que estaba suscripto.




  "MADE IN ARGENTINA"

Desde la lapicera o el colectivo hasta el bypass cardíaco. Aquí verán una lista de algunos inventos creados por argentinos.

1. Lapicera


El invento se le ocurrió a Ladislao Biró, un húngaro naturalizado argentino, cuando vio a un grupo de chicos que jugaban a la bolita en la calle y una de ellas pasó por un charco y dibujó una línea recta en el suelo.

2. Colectivo


La historia cuenta que un grupo de taxistas en 1928 empezaron a ofrecer viajes en el que podían varias personas. De esta manera podían cobrarles menos. Así nació lo que hoy se conoce como colectivo.


3. El helicóptero


Los conceptos existen desde antes de Leonardo da Vinci, pero el primero desarrollado y pilotado fue creado en Buenos Aires en 1922. El sistema fue inventado por Raúl Pateras de Pescara.


4. Bypass cardíaco


La intervención para tratar obstrucciones del corazón fue creada por el Dr. René Favaloro en el año 1967, técnica que revolucionó la cardiología mundial.


5. Método de conservación de sangre


Si bien la transfusión sanguínea existe desde hace varios siglos, uno de los avances más importantes en la historia de la medicina lo realizó el médico argentino Luis Agote en 1914, quien creó el método de conservación de sangre humana para su uso diferido. Antes solo se podían hacer transfusiones en el mismo momento en el que se extraía la sangre.

Comentarios